El hígado graso no alcohólico es la enfermedad por depósito de grasa en el hígado en ausencia de un consumo significativo de alcohol, uso de determinados medicamentos (corticoides, metotrexato, tamoxifeno) o determinadas enfermedades hereditarias muy raras. Excluidas estas causas, prácticamente todos los pacientes tienen un común el llamado síndrome metabólico, el cual está caracterizado por alguno de los siguientes factores: exceso de peso, lípidos (colesterol y/o triglicéridos) o glucosa elevados en sangre, o hipertensión arterial.

A la vista de estos factores, no hace falta decir que el hígado graso es muy frecuente en nuestro medio. De hecho, es la primera causa de enfermedad hepática en Occidente, calculándose que afecta a aproximadamente un 20% de la población adulta general. Pero si lo estudiamos en personas de riesgo (con síndrome metabólico), las cifras son aún más altas: por ejemplo, lo padecen un 38% de las personas con sobrepeso (índice de masa corporal [IMC] 25-30), un 46% de los obesos (IMC 30-40), un 65% de los pacientes con obesidad severa (IMC 40-45) y un 90% de los pacientes con obesidad mórbida (IMC >45); en diabéticos la prevalencia es del 69%, y de un 50% en los pacientes con triglicéridos elevados.

Lamentablemente, la enfermedad no es exclusiva de los adultos sino que también la pueden padecer los niños (aproximadamente un 15% de los adolescentes españoles). La trascendencia de la enfermedad no sólo es por estas cifras tan elevadas de afectados (un 20% de la población española serían unos 8 ó 9 millones de personas) sino por los problemas que puede ocasionar. En algunos pacientes el daño en el hígado puede evolucionar hasta una cirrosis y sus complicaciones. Como manifestación de esta gravedad, el hígado graso es, actualmente, la segunda causa de trasplante hepático en Estados Unidos y se espera que pase a ser la primera en los próximos años.

Pese a todos estos datos, se trata de una enfermedad poco conocida y diagnosticada porque carece de síntomas específicos y las alteraciones hepáticas en los análisis suelen ser mínimas o, incluso, ausentes. Es más, en ocasiones la enfermedad, pese a estar diagnosticada, no es adecuadamente valorada o estimada. Su diagnóstico y seguimiento es muy fácil, basándose, principalmente, en unos sencillos análisis y una ecografía abdominal.

Por ello, especialmente los pacientes de mayor riesgo (aquellos con sobrepeso, hipertensión arterial o con colesterol, triglicéridos o glucemia elevados) deberían ser sometidos a una valoración específica que les permita mejorar su salud y evitar problemas futuros.

Dr. Olveira

Especialista Hepatólogo de MIP Salud

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